A las 12:37 se subió en el primer vagón del Roca en la estación La Plata, se sentó frente a mí y me preguntó a qué hora salía el tren. “En dos minutos” le dije yo, que sentí que tenía ganas de hablar y no me equivoqué.
Por HERNAN MARTY (segui las historias a traves del grupo HISTORIAS DEL ROCA)
No sé en cuál estación de las que están hasta Berazategui fue, pero en algún momento empezamos a hablar y lo extraño de todo fue que yo no dominé la conversación, por el contrario, me convertí en oyente, pero no en uno de los que escuchan por compromiso, sino en uno que oye con atención y esperando el dato que aún no había llegado en el relato.

Miguel Angel Oliva (así dijo llamarse) me llamó la atención desde el primer momento en el que lo ví porque tenía demasiada ropa puesta y en lugar de bastón, tenía un palo de golf en el que el putter hacía las veces de mango y el grip funcionaba como base. Traía un bolso raído, con una botellita con agua y llevaba una gorra blanca.
Me contó que tenía 75 años de edad y que fue amigo y caddie de Roberto de Vicenzo, el habitante más famoso de su Ranelagh natal. Recitó sus récords con una precisión asombrosa que delataban la admiración que tenía por el mejor golfista argentino de todos los tiempos y que me obligaron a chequear luego en internet lo que resultó ser una memoria asombrosa.
También me dijo que fue docente gastronómico, custodio de Carlos Ruckauf y que luego trabajó en una morgue, de la que dio detalles tan descriptivos como escabrosos. Por si todo esto fuera poco, resultó ser un sobreviviente, dándole batalla en el quirófano al cáncer. Pero quizás lo que más me habló del tipo de persona que era, fue cuando me contó que dedicó tiempo de su vida para enseñarle a jugar al golf a niños con síndrome de down.
Por sus historias podrías deducir que vivió por mejores épocas, con un pasar económico mucho mejor que el que tiene en el presente, en donde junta latas para ganarse la vida. Pero a pesar de eso no pierde la ilusión de viajar a España para conocer la tierra de sus padres.
El es Miguel Angel, y su sonrisa y entusiasmo viajaron conmigo desde La Plata hasta Berazategui, donde bajó para hacer el transbordo y llegar a Ranelagh. Con él llegó la primera, de la que espero sean muchas de las historias que veo día a día en el Roca y que desde ahora voy a compartir con ustedes.

